Contra la vuelta al pasado y por el derecho de las mujeres a decidir libremente

01“Imponer un aborto a una mujer que quiere parir o imponer un embarazo y la maternidad a quien no quiera son actos de violencia física y moral contra las mujeres” Mujeres ante el Congreso

El anteproyecto de ley del aborto, elaborado por el ministro Ruiz-Gallardón, al gusto de la Iglesia y grupos antiabortistas, ultracatólicos y derechistas, provoca estupor a propios y extraños. Se acaba con el derecho al aborto libre bajo el sistema de plazos, para retroceder al sistema de supuestos de la ley de 1985, pero más restrictivo aún. Los supuestos quedarán reducidos a dos: violación (sólo si hay denuncia, dejando fuera otras realidades terribles) y peligro para la salud de la mujer. El principal argumento esgrimido para justificar esta ley es la salvaguarda, protección y derecho a la vida del nonato, pero ¿es el feto un ser humano?, ¿qué es lo que hace a un ser humano verdaderamente humano? A medida que se desarrolla el feto aparecen los rasgos humanos: dedos, nariz, ojos, corazón. No obstante, la humanidad va más allá de la apariencia. Lo que verdaderamente caracteriza a una persona es su consciencia, y ésta solo puede existir cuando hay un sistema nervioso central y una corteza cerebral desarrollados. La corteza cerebral se forma en las semanas 12 y 13 y las sensaciones conscientes son imposibles antes de las semanas 22-24. Antes de la semana 23 el feto no cuenta con las conexiones necesarias para sentir dolor.

En cualquier caso, la ley de 2010 establecía un plazo más corto para que las mujeres pudiéramos abortar sin tutelas, presiones, chantajes y sin quebrantar las leyes, en primer lugar, por un principio de prudencia, pues al adoptar un plazo más corto se asegura de que no hay consciencia ni vida neuronal. En segundo lugar, por la salud de la mujer que realiza la interrupción, a mayor tardanza en la intervención, mayor necesidad de procedimientos quirúrgicos y mayor riesgo para la salud. Y en tercer lugar, se pretende legislar adecuándose a los otros Estados, que establecen plazos similares.

Si se adopta una perspectiva científica, no se puede afirmar que el feto sea un “ser humano” o que no lo sea, puesto que la ciencia no entra en categorías morales. La incapacidad de afirmar que el feto es igual al ser humano formado hace que el primero no pueda considerarse como un sujeto de derechos en la misma medida que un ser humano desarrollado. Pero una mujer sí es un ser humano desarrollado, por lo que toda mujer tiene derecho a que se proteja su salud, y más aún su vida. La mujer también debe poder interrumpir el embarazo si llevar adelante el mismo reduce de forma severa la oportunidad de dar valor a su propia vida. Es necesario respetar la dignidad de la mujer, no se puede subordinar su vida a un embarazo.

Al dar prioridad absoluta a la vida del feto, la mujer acaba siendo vista sólo como un medio para el fin de la reproducción y no como un fin en sí misma. La consecuencia obvia de este punto de vista es que la mujer está obligada a llevar a término el embarazo pase lo que pase. Es una posición éticamente injustificable, puesto que anula el derecho de la mujer a su autonomía sin poder aportar un fundamento científicamente sólido que avale esta limitación de un derecho básico.

La imposición de la maternidad implica, además, una severa limitación del acceso de las mujeres a unos ingresos dignos y propios y a participar en la vida pública, política y/o social, reforzando, por lo tanto, el sistema patriarcal de dominación, aislación y control de la mujer. Mientras al hombre se le permite disfrutar libremente de su sexualidad, la mujer recibe la imposición social de no poder separar sexualidad y reproducción.

Si el Estado opta por imponer a todos los ciudadanos el principio del valor inviolable de la vida, prohibiendo la interrupción de la gestación, estará coaccionando a la mujer a no abortar y coartará su derecho fundamental a la autonomía procreativa. Esta postura no es justificable desde una ética laica. Sólo lo es desde una moral religiosa que sacralice la vida. En cambio, las políticas a favor de la interrupción de la gestación no sólo respetan el interés y la voluntad de la madre, sino que no obligan a ninguna mujer a interrumpir su embarazo.

No se puede legislar sin consenso social, imponiendo normas y criterios dictatorialmente, y lo más grave, arrebatando la libertad de decidir. Porque no se trata de si el aborto está bien o mal, eso es una cuestión moral que se limita a la conciencia de cada persona. El problema de esta ley es que atenta contra las libertades individuales, alumbrada más por criterios religiosos que científicos, donde se sacraliza la vida del feto, mientras se ataca la libertad de las mujeres, pero ¿qué valor tiene una vida sin libertad?

Contra la vuelta al pasado y por el derecho de las mujeres a decidir libremente

Panfleto aborto ML-AM


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